Welcome to Transilvania
23 de julio de 2009
23:46
BANDA SONORA - DIA 6: STAIND - So far away
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Mi primer día lejos de Bucarest ha servido para dar nuevos aires al viaje. La coqueta habitación del hostal donde me he alojado ha resultado ser todo un acierto, donde Stephania, la pequeña hija de la dueña que lo regenta ha hecho de improvisada traductora rumano-inglésa.
Tras una rápida ducha y desayunar sobre la cama viendo un programa de Discovery Channel, he salido con destino al Palacio Peles, la antigua residencia real de verano del rey Carol I y todo un símbolo turístico en los Cárpatos, situada en las laderas del monte a varios metros por encima de la localidad de Sinaia. Sinaia es una ciudad en la que uno se puede encontrar numerosos turistas, rumanos y de paises centroeuropeos la gran parte de ellos; sin embargo, no he llegado a cruzarme con ningún mochilero. Supongo que la cercanía de Brasov hace que la gran mayoría opte por este segundo destino.
En el camino de subida se pasa por delante de la ortodoxa Biserica Mare, donde varios autobuses están justamente recogiendo a decenas de turistas que tras visitarlo se dirigen al cercano Palacio Peles. La entrada al Monasterio es de pago (1 lei creo recordar), aunque bueno, de eso me he dado cuenta a la salida, con lo que he paseado gratuitamente y tan campante por los alrededores sin el menor síntoma de culpabilidad.
Al Palacio Peles y sus alrededores se accede por una bonita pista que se llena con puestos de souvenirs para turistas, donde puedes encontrar desde caretas del terrorífico conde Drácula y todo tipo de artesanías locales, hasta vendedores de boomerangs y niños que te ofrecen unos deliciosas cestas de moras recogidas en los zarzales de los alrededores.
Me doy una vuelta por los alrededores del Palacio, sin llegar a entrar en él por dos sencilla razones: primero, la entrada me parece excesivamente cara, además de tener que pagar un extra por fotografiar; y segundo, no voy a disfrutar lo que cuesta, puesto que no soy muy dado a visitar castillos y demás atracciones turísticas por su interior, donde la mayoría de las veces lo único que te vas a encontrar, aparte de cientos de sensores y cámaras de vigilancia, es mobiliario antiguo que, al menos a mí, me resulta bastante indiferente. Aunque para gustos los colores. En cualquier caso, la vista a la fachada, los jardines con sus esculturas y fuentes y el entorno natural que lo rodea es digno de admiración. Sin duda uno de los edificios más bonitos que he visto en los últimos años.
Junto al Palacio se levantaron un serie de pequeños palacetes y residencias de lujo de la alta burguesía rumana del siglo XIX que no dudo en visitar. Entre ellas destaca el Castelu Pelisor (Palacio Pelisor), la que fuera residencia de verano del rey Ferdinand y su mujer, la princesa María. Fué, asimismo, la residencia del rey Carol I mientras le terminaban el Castelul Peles. Camino por los alrededores y observo, y mientras observo pienso en el cambio tan radical entre Bucarest, donde me encontraba 24 horas atrás y las localidades de los Cárpatos. Y arranco una sonrisa y me siento bien.
El primer tren con destino a Brasov no lo tengo hasta media tarde, con lo que, tras comprar el billete y con objeto de matar el tiempo muerto, me he conectado durante un par de horas a Internet en un pequeño ciber situado en un subterraneo, donde la hora de conexión (5 lei/h) resulta bastante cara en comparación con otras localidades rumanas. Pero como dice el refranero: a falta de pan, buenas son tortas.
En fácil encontrar en Sinaia numerosos restaurantes en los que te ofrecen menús de día por el más que económico precio de 10 leis (2´5 €). El menú habitual está compuesto por un primer plato de ciorba (sopa) y un segundo a elegir, además de agua y pan. El problema es que la gran mayoría de las sopas rumanas están cocinadas a base de verduras y yo no soy muy amigo de las mismas, con lo que no me gustan en la gran mayoría de los casos. Así que, sin ganas de jugármela nuevamente con el menú, he comido un menu a la carta en uno de los restaurantes recomendados por la Guía Azul de Rumania que llevo conmigo; la única guía sobre este país que he podido encontrar en todas las librerías españolas.
Tras pasar nuevamente por el ciber me he dirigido a la estación donde he tenido que esperar durante una larga hora y media. Habían dos viejas locomotoras de la compañía estatal CFR esperando para transportar su mercancia. Tenían gran parte de carrocería exterior cubierta de una ligera capa de óxido, las lunas de la cabina de mando estaban parcialmente rotas y el habitáculo interior lo conformaban un montón unos arcáicos mandos junto a unos asientos rajados por varios lados en el que se dejaba ver parte de su acolchado interno. Dos tipos con cara de muy pocos amigos y uniformados con un sucio y viejo traje de la compañía de trenes fumaban y tomaban un cafe de máquina en su interior mientras mantenían sus piernas apoyadas sobre los mandos. He intentado sacarles una foto pero al girar su mirada hacía mí he podido leer en sus pupilas las palabras "eso no me gusta, no es buena idea", así que rápidamente he cambiado de opinión.
A las 18 horas y bajo un Sol abrasador, en plena ola de calor rumana, he montado en el tren dirección Brasov. En el mismo tren que yo han viajado un grupo de tres españoles de unos 25 años, grandes, muy grandes, y no precisamente de tamaño. Realizan un viaje a lo largo de toda Europa montados en sus bicicletas y con el único equipaje que lo que les entra en sus alforjas. Yo, aunque no a tan gran escala, he realizado viajes similares y, sin duda, continuaré haciéndolos ya que la experiencia que se vive es única e irrepetible. Desde aquí mi total apoyo en tan largo viaje para estos tres campeones a los que encantado acompañaría.
Se han bajado antes que yo así que he matado el tiempo restante escribiendo notas acerca del viaje, planeando la ruta de los próximos días y mirando el paisaje que se mostraba ante mí mientras atravesabamos un bonito valle entre los macizos montañosos de Postavaru y Piatra Mare.
Brasov es considerada para muchos rumanos, y también visitantes, una de las ciudades más bonitas del país, si no la que más. De origen sajón, la ciudad se remonta al siglo XIII y cuenta con recogido casco urbano, situándose en medio de un precioso paraje de bosques extremadamente frondosos y bien cuidados, y bajo la mirada celosa del monte Tampa de 960 metros de altura, a donde uno puede acceder a través de una pista forestal o mediante teleférico. En su punto culminante se situa un restaurante panorámico y a escasos metros del mismo un enorme letrero con el nombre de Brasov, similar al famoso letrero de la colina de Hollywood, y que se ilumina por las noches a través de una serie de focos colocados en su base.
Mi tren ha llegado a su destino, una coqueta estación a algo más de tres kilómetros del centro. He optado por recorrer la distancia a pie para así poder ver de cerca la ciudad nueva, la ampliación que sufrió Brasov al traspasar las murallas que la custodiaban y que la forman anchas avenidas y grandes edificios. Tras preguntar a un par de personas he llegado al Parcul Central donde he podido ver un monumento dedicado a los caídos durante la sublevación de 1989. Monumentos de este tipo se pueden ver en varias ciudades rumanas, en recuerdo de la revolución que derroto el régimen dictatorial de Ceaucescu y que termino con su fusilamiento y el de su esposa.
Pero mi prioridad en estos momentos es buscar alojamiento. Tengo la dirección del Albergue Internacional, situado en la Piaca Sfatului (Plaza del consejo) así que sin más dilación me he dirigido a el. Tras subir unas escaleras y llamar a la puerta se han oído boces que parecían hablar en español y una preciosa chica me ha abierto la puerta:
- Hi, do you have free room for tonight? - pregunto.
- No - me responde en inglés pero con un acento castellano inconfundible.
- ¿Hablas español?
- Creía que eras un amigo que acababa de salir. La verdad... no sabes que gusto da escuchar a alguien hablar en castellano. Empezaba a agobiarme de tanto rumano. Las dos habitaciónes están completamente ocupadas por nosotros. Ya lo siento.
- ¿Sois muchos?
- Pues unos cuantos. Somos un grupo de musica folk. Estamos en un festival que se celebra en Bistrita pero nos alojamos aquí.
- Ah (joder, que mala suerte, pienso para mí mismo). ¿Y sabes si hay más habitaciones libres?
- No sé, abajo hay una puerta. Puedes llamar y preguntarle a la señora. Por cierto, ¿de donde eres?
- De Bilbao.
- ¡Ah! Somos los dos del norte entonces. Nosotros somos de León.
- Encantado entonces.
- Igualmente.
Son las 19'30 horas. Tras descender las escaleras, en la puerta un cartel indica que el horario de recepción finaliza a las 18'00 horas y a su lado observo un número de teléfono. Tras telefonear a la dueña y confirmarme que no tenía alojamiento libre me he dirigido hacia el hotel Aro Sport, céntrico y con unas sencillas habitaciones y lavabo aunque con duchas comunes en el pasillo. En la entrada al mismo ha sido donde he conocido a Janos, Juan en español, un peculiar habitante de Brasov que vive con su madre y me ha ofrecido una habitación en su casa, la única habitación que dispone. Con un contundente "puedes fumar, puedes comer, puedes subirte a quien quieras, tienes ducha, puedes cocinar y esto es lo más barato que vas a encontrar en todo Brasov" se ha ganado mi confianza, así que después de visitar la habitación he aceptado por 45 leis (10'7 €).
Janos es un tio bajito de unos 45 años que domina perfectamente el inglés, idioma que está actualmente aprendiendo. Tiene tan poco pelo que hace que sobre su redondeada cabeza destaque una gran calva en su parte central y es tal su obsesión por el tabaco que lo primero que hace es pedirte que le pagues por adelantado para poder comprarse una cajetilla nueva, lo cual provocará varias discusiones con su madre, a quien no le gusta que encienda ni un solo pitillo. Creo que en los días que pasaré en su casa los veré discutir como cuatro o cinco veces por lo mismo.
La casa situada en Strada Postavarului 32 es una especie de pequeño getto en planta baja al que se accede a través de un estrecho patio una vez accedido al portal. Creo que todo el que lo visite por primera vez puede sentir cierta grima aunque con el tiempo uno se acostumbra y acaba integrándose bastante bien en la familia, que son gente agradable. A mí al menos me pasó.
Lo primero que se ve al entrar es una vetusta cocina a gas en la que, en su pared, puede verse un llamativo e inmenso poster de una guapa modelo rumana comiendo una manzana. Las paredes y los muebles muestran un color amarillento fruto de la falta de limpieza y no es raro encontrarte algún tropezón de comida de gato por el suelo. A la sala y al baño se accede desde aquí mismo. El baño es un pequeño espacio de unos tres metros cuadrados donde uno puede encontrarse una arcaica bañera que con el tiempo se ha separado de la pared un par de centímetros, lo que hace que se cuele por ahí la humedad y se acumule una cantidad ingente de mugre. Junto a ella una vieja lavadora hace de improvisado soporte para la ropa usada y, del techo atravesando todo el ancho del baño, cuelga una molesta cuerda que se utiliza como tendedero. La cochambre se ha adueñado del lavabo, sobre el que se apoyan un par destartalados cepillos de dientes, un bote de pasta dentífrica y varios trozos de lo que fué una pastilla de jabón Chimbo. Una pequena mesa sirve de apoyo para colocar la televisión en la sala, donde hay un pequeño sofá-cama y un sillón, además de numerosos bártulos. La habitación está situada al fondo de la sala, tras una chirriante puerta de madera. Se compone de dos viejas camas enfrentadas la una con la otra, un par de mantas duras como el cuero secado al sol y varias almohadas de diversos tamaños y formas. Un par de mesitas de noche con sus respectivas lámparas y varios planos de la ciudad y la comarca completan el mobiliario. De la pared cuelga una antigua foto en blanco y negro en la que aparece una joven pareja. Me he imaginado que sería la madre. Hay que ver el deterioro de esta mujer con el paso de los años, pienso.
En Brasov existen varios supermercados que permanecen abiertos las 24 horas, con lo que uno puede ir a hacer sus compras a las 3 de la madrugada si le apetece. Aprovecho para comprar comida para la cena y el día de mañana. Ya de vuelta, el olor a gato en la vivienda es considerable, aunque no lo suficiente como para quitarme el apetito. Me preparo unos macarrones y ceno mientras mantengo una agradable conversación con Janos, quien me da bastantes indicaciones de la ciudad y los alrededores, incluso me aconseja la planificación del viaje para los próximos días. Saco una última foto y me acuesto. Buna seara Janos.