Por tierra de calizas
26 de julio de 2009
22:34
BANDA SONORA - DÍA 9: SIMPLE PLAN - Welcome to my life
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Amanece temprano en Zarnesti. Resultaría agradable despertar escuchando el alegre trinar de jilgueros, pardillos y verderones que revolotean entre el arbolado del jardín de no ser porque otro visitante chupasangres me ha estado visitando durante los últimas noches haciendo su particular carnicería. Más de treinta picaduras de mosquito lucen gustosamente sobre mis piernas haciendo insoportable las ganas de arascarme. A pesar de ello, lo evito.
Me asomo a la ventana para hacerme una rápida previsión meteorológica; grandes nubarrones se alternan dejando entrever pequeñas fracciones del azulado cielo. Aún así, las previsiones son buenas. A escasos metros frente a mí, posado sobre una de las ramas de un sobresaliente cerezo, un jilguero macho canta con el pecho hinchado, el porte erguido y las alas ligeramente huecas. Observo tranquilamente el rojo carmesí de su faz y el esquema negro y blanco de cabeza y mejillas, colores que parecen querer simular una pequeña y rutilante bandera tricolor.
La madre de Andrea me ha preparado un exquisito desayuno, perfecto para cargar las pilas en la larga jornada que hoy me espera. Desayuno mientras examino mapas de la zona, meditando la posibilidad de hacer noche en el refugio de Cavana Curmatura, en el corazón del Parque Nacional de Piatra Craiului, majestuosa formación caliza en los Cárpatos meridionales que tienen como punto culminante La Ohm, con sus 2.238 m.
Resulta emocionante la idea de adentrarme en solitario en aquellos desconocidos parajes cargando a la espalda con todo el equipaje previsto para un viaje entre ciudades, así que, antes de marchar, pido consejo entre mis huéspedes. Entre ellos está el tío de Andrea, un rumano que acaba de regresar de una travesía por el Karakorum paquistaní, para muchos una de las zonas montañosas más inhóspitas del mundo con varios ocho miles en su haber. "¿De dónde eres?" pregunta. "De Bilbao, País Vasco - respondo -. En el norte de la península ibérica, cerca de la frontera con Francia". "Si eres vasco, tu eres buen montañero, seguro - añade, demostrando un dominio eficaz de la lengua castellana -. Los vascos que conozco son buenos montañeros". Tomo nota de sus consejos y me saco una última foto con ambas hermanas.
La menor de ellas me acompaña hasta una pequeña tienda de alimentación donde con su ayuda compro algo de chocolate, miel y frutos secos que me ayudarán a aportarme la energía necesaria. Nada más despedirme de ella, a la salida del pueblo un cartel indicador del Parque Nacional muestra un enorme mapa con varios recorridos señalizados y la situación de los refugios y cumbres más características. A diferencia de España, donde los senderos se distinguen entre PR y GR seguidos de un número, en Rumania es característico señalizar cada uno de los recorridos mediante un símbolo diferenciado, de forma que únicamente tienes que limitarte a seguir dicho símbolo para alcanzar el destino deseado. Saco una foto al mapa completo para poder visualizarlo en la pantalla de la cámara en caso de ser necesario.
Con el agradable cantar de los habitantes del bosque y el suave sonido del agua de río fluyendo a mi lado, recorro los primeros kilómetros sobre una amplia pista. La euforia me invade al pensar que pasaré recorriendo aquellas recias montañas durante al menos las próximas veinticuatro horas. De vez en cuando, me cruzo con algún grupo de senderistas que disfrutan de los hermosos parajes mientras voy ganando metros entre un apretado bosque de coníferas. Al alcanzar un pequeño alto se muestra ante mí el exquisito verdor de las grandes extensiones de prados salpicados de pequeñas cabañas que limitan sus parcelas mediante rústicas vallas y arbolado, y en las que en varias de ellas puede verse apilada la paja recogida formando parvas. Estas curiosas apilaciones solían ser prácticas agrícolas bastante comunes antaño en nuestro país; hoy en día, el uso de moderna maquinaria las ha dejado prácticamente en desuso. En ese instante, me viene un pequeño poema anónimo que no hace mucho había leído en Internet:
Por aquellos prados verdes,
¡qué galana va la niña!;
con su andar siega la hierba,
con los zapatos la trilla,
con el vuelo de la falda,
a ambos lados la tendía.
¡qué galana va la niña!;
con su andar siega la hierba,
con los zapatos la trilla,
con el vuelo de la falda,
a ambos lados la tendía.
Un grupo de cuatro senderistas que se cruza en mi camino me hacen saber que hace una media hora que he dejado atrás el desvío hacia mi destino con lo que, no sin refunfuñar, deshago parte del camino realizado hasta localizar la marca indicadora de la ruta a seguir, la cual me desvía por un pequeño sendero que se adentra zigzagueante en el bosque de hayas y coníferas, ascendiendo directamente por la dura ladera de la montaña entre ramas y árboles caídos.
Me desoriento. Son las 13h cuando me doy cuenta de que me encuentro en tierra de nadie, con objeto de evitar rodar pendiente abajo, agarrado como puedo a las ramas de un pequeño árbol que trata de abrirse paso entre sus hermanos mayores en busca de los rayos de sol. Por un momento, la frustración me invade. Con los restos de lo que fuera una gran rama intento excavar un llano donde poder descansar mínimamente en la cansada pendiente. Tomo aire y medito. Finalmente opto por continuar la ascensión bosque a través con la esperanza de que en algún momento logre cruzarme con la senda que me lleve a Curmatura. Desde luego, pasar la noche desorientado en aquel bosque atestado de osos no es mi mejor opción y descender, si bien podría llevarme a la pista de partida, también podría hacerme acabar en algún lugar del fondo del valle completamente aislado.
No ha pasado ni hora y media cuando alcanzo un pequeño collado en el que se abre tímidamente un claro entre el bosque. Me siento agotado y nervioso. A unos metros el pequeño claro en el bosque da paso a un amplio prado donde un cartel indica la ruta a seguir: Cabana Curmatura, 2h. "De la que me he librado" - pienso para mi mismo mientras respiro profundo. Enciendo la cámara y localizo el punto en el que me ubico en el mapa que previamente había fotografiado. A lo lejos la amplia cordillera de Piatra Craiului se alza imponente con La Ohm como punto culminante. Desde aquí, alcanzo el refugio Curmatura sin problemas. Son las cuatro de la tarde.
Cabana Curmatura es un pequeño y coqueto refugio de 46 plazas, fabricado en madera y piedra, que se alza en un pequeño claro que se abre entre abetos a los pies de los grandes murallones calizos que forman las montañas de Piatra Craiului. Lo regentan dos amables rumanos, Florin y Alina, que sirven a sus visitantes, en su mayoría montañeros, ricos platos típicos rumanos. En la parte exterior, rodeado por un sólido vallado, se encuentra una pequeña zona de acampada libre con varias tiendas montadas. Tras aprovisionarme de líquido, en un pequeño manantial cercano al refugio, entro a tomarme un Ciocolata calda y comprar a módico precio una cerveza a precio que saborearé mientras reviso detalladamente el mapa de mi cámara de fotos. Existe un pequeño refugio no guardado en lo alto del cresterío de las maravillosas montañas que me rodean, a 2150 metros de altitud. "Desde allí arriba las vistas tienen que ser increíbles - pienso -. Voy bien de tiempo para intentar llegar arriba. Cambio de planes".
Nada más dejar atrás Curmatura el agradable sendero deja paso a un terreno de fuerte pendiente en el que, entre canchales y grandes bloques calizos salpicados de abetos que intentan aferrarse a los mismos como buenamente pueden, se va ganando altura ayudado a ratos por cadenas fijadas a la roca. El subidón de adrenalina es tremendo al atravesar los pasos aéreos que debo cruzar en el camino, a la vez que disfruto de las sobrecogedoras vistas que el paisaje me ofrece. Me asomo a un saliente, tomo aire y observo la grandiosidad de aquel paraje.
La cresta no presente ninguna dificultad técnica hasta el refugio Varful Ascutit al que me dirijo. Camino ágil entre punzantes setos que me provocan algún que otro arañazo en las piernas siguiendo las marcas indicativas del recorrido sin poder evitar observar el fascinante abismo que asoma a cada uno de los costados. A lo lejos ya vislumbro la forma esférica de lo que será mi hogar durante la fría noche que se avecina. Oscuros nubarrones, presagio de un cambio de tiempo, crecen sobre mi cabeza mientras apuro los últimos metros. Por fin, alcanzo mi objetivo; un pequeño refugio metálico de varias piezas pentagonales entre las que se alterna alguna de forma hexágonal, formando entre todas ellas una semiesfera de color pardo. La austera superficie interior no debe de ser mayor a los 6 metros cuadrados, disponiendo de varios cristales rayados a través de los cuales apenas logra verse nada hacia exterior. La entrada está formada por una chirriante y enmohecida puerta metálica, que apenas aísla del frio aire de fuera, así como por una gran palanca que hace las funciones de improvisado pestillo. En el exterior de la puerta, pintado con grandes letras, se muestra el nombre del refugio: Refugiul Vf. Ascutit (Lehman). Una amplia chapa metálica ocupa la mitad del espacio interior a una altura aproximada de medio metro. "Supongo que esto será donde me tocará dormir" - pienso.
Poco después, un grupo de tres rumanos me sorprende en el interior del refugio; son un matrimonio y su hija. No presentamos y intercambiamos algunas palabras, especialmente con la hija, con la que mantengo una agradable conversación sobre fotografía, a la cual es aficionada. Me sorprende su equipación, ataviados todos ellos con ropa de invierno y piolets, a diferencia de mis prendas veraniegas que no dejan de ser algo de ropa básica de montaña complementada con ropa de calle. Por un instante me siento ridículo vestido con varios niquis bajo un chaleco, cubierto todo ello con la chaqueta de calle que me he puesto para abrigarme del frío que a cada minuto se hace más intenso. "¿Qué pensarán de mí? - me digo a mí mismo -. Bueno, es lo que hay, subir montañas no estaba entre mis planes cuando vine a Rumania".
Ceno gran parte del alimento que tenía, estoy cansado y necesito recuperar fuerzas para afrontar la dura jornada de mañana. Extiendo el saco en la fría lámina metálica que hace de improvisada cama y me acuesto. La cima de La Ohm me espera. Para alcanzar mi objetivo, primero necesitaré cruzar la escarpada cresta en medio de dos abismos, cargando en mi andadura con quince kilos de pesado equipaje. Cierro los ojos y suspiro dejando que una intensa sensación de libertad fluya en mi interior... Welcome to my life.