Vampiros, castillos y princesas
25 de julio de 2009
23:22
BANDA SONORA - DÍA 8: GUNS N' ROSES - Knockin' on Heaven's Door
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Resulta sorprendente conocer como nació el mito de Drácula allá por el año 1897, cuando el escritor irlandés Abraham Stoker, mundialmente conocido como Bran Stoker, creó uno de los personajes ficticios más famosos de la historia a raíz de una indigestión de cangrejo que le provocó fuertes alucinaciones, donde una especie de rey de los vampiros salía de su tumba en busca de sangre. Se basó para ello en el personaje real de la historia rumana llamado Vlad Draculea (Vlad el Hijo del Dragón) también conocido como Vlad Tepes: el empalador.
Hoy definitivamente es el último día en casa de Janos. Como en días anteriores madrugo para ducharme, recoger mis bártulos y dejar la mochila lista antes de ir a desayunar, si bien se puede decir que no es que haya pegado mucho ojo teniendo que aguantar los irritantes ronquidos de la Madre de Janos que hacían creerme que algún oso del monte Tarmas se había colado al otro lado de la puerta que separa mi habitación de la suya. Si creía haber visto todo por parte de esta mujer me equivocaba. Al ir a recoger el neceser que me había dejado olvidado en el baño allí ha aparecido en ropa interior luciendo carnes. ¡Por favor señora,tápese un poco!
A pesar de todo, la sensación resulta cuando menos sorprendente: mi viaje prosigue y como tal tengo ganas de conocer nuevos lugares; sin embargo, la amabilidad de aquellos dos días en la casa de esta modesta familia rumana me han dejado en cierto modo marcado. Supongo que no soy más que un número para ellos, yo, en cambio, prefiero pensar lo contrario. Les pido inmortalizar el momento anterior a mi salida. Ellos aceptan gustosos.
El trayecto en transporte público hasta la estación de autobuses de Brasov se realiza en quince minutos; antes de ello aprovecho para recorrer por última vez la concurrida Strada Republicii, que a estas horas de la mañana despierta y en donde las terrazas comienzan a llenarse con los primeros desayunos servidos a turistas.
Una vez en la estación y tras preguntar a no pocos rumanos como coger el autobús que me lleve a la cercana localidad de Bran, cual es mi sorpresa cuando me he enterado de la existencia de una segunda parada de autobuses "comarcales", que como no podía ser de otra forma, se tenía que encontrar en la otra punta de la ciudad. Así que con paciencia, tiempo, quince kilos de peso a la espalda y un par de litros perdidos en forma de sudor bajo el abrasador sol del estío rumano, he recorrido los aproximadamente tres kilómetros que separan ambas estaciones no sin pocos regañadientes.
Bran es una pequeña localidad a la que se accede en autobús desde Brasov, famosa porque en ella se sitúa el espectacular castillo que destaca sobre las copas de los árboles en medio de un encajonado valle y que hoy en día se asocia con la leyenda del Conde Drácula, con toda seguridad el vampiro más internacional del mundo. Como me podía esperar, la parada ha resultado ser una congregación de agitados turistas de diversas nacionalidades con sus cámaras y atuendos, deseosos todos ellos de coger el primer autobús. Hago cola junto a las dos chicas con las que me crucé en el día de ayer cuando me disponía a remontar el sendero del monte Tarmas. Intercambio con ellas unas breves palabras en inglés antes de acceder al autobús por un coste de 4 leis (0,92 €).
Durante los aproximadamente treinta minutos que dura el trayecto entre ambas localidades repaso los mapas de la zona y me paro a leer lo que dice la guía de viaje acerca del castillo, lo cual cito a continuación:
"El castillo, muy bien conservado, se construyó en la Edad Media y hasta el sigloXX desempeñó un papel fundamentalmente defensivo, estaba ocupado por los soldados que controlaban el paso por el valle. Cuando se marcharon los soldados fue reconvertido por el rey Fernando en residencia real.
El castillo fué construido por un caballero de la orden teutona en el siglo XIII pero un siglo más tarde el rey húngaro, señor de las tierras, le dejó bajo el control de la ciudad de Brasov, haciéndose una serie de reformas con el fin de que pudiera controlar el paso por el valle y especialmente las rutas comerciales. En el siglo XIV y durante un breve periodo quedó bajo el control de Mirecea cel Bratan y voivodas valacos, pero nunca perteneció al temible Vlad Tepes. En el siglo XV pasó de nuevo a depender de la ciudad de Brasov, hasta mediados del XIX. Durante todo ese periodo funcionó como un peaje en el que se debía pagar el 3% de las mercancías y que permaneció activa hasta el sigl XIX. De 1920 a 1947 fué utilizado por los monarcas rumanos de residencia."
Mucho ruido y pocas nueces pienso para mí mismo.
Sara y Sophie son dos agradables chicas inglesas de 20 y 19 años que he tenido el placer de saludar esperando al autobús en Brasov y que ahora me reencuentro esperando la cola para la compra de los tickets que permiten acceder a esta atracción turística que resulta el Castillo de Bran por un precio de 12 leis (2,75 €), un precio que me resulta excesivamente caro para este país. Sara es la mayor de las dos, viste un bonita falda marrón jaspeada de figuras blancas, camiseta de tirantes a juego y luce una voluminosa melena rizada de un brillante color castaño, coronada por las gafas de sol. Sophie emana juventud y dulzura, su largo cabello liso y dorado me recuerda a uno de esos cortes de pelo que tan de moda estuvieron durante los 70. Su ceñida y colorida camiseta junto a los shorts hacen figurar un bonito cuerpo tras de sí. Con ellas he tenido el placer de recorrer todos y cada uno de los rincones del castillo, haciendo mi visita más amena mientras contemplamos los alrededores pintorescos a través de sus ventanas almenadas, nos sacamos fotos, e inmortalizamos aquellos pasillos y salas llenos de historias acerca de Drácula, donde uno puede dejar volar la imaginación a gusto pero que no pasaran por ser uno de los mejores recuerdos que guarde del viaje. Y es que, como algunos ya sabréis, y tendréis opción de comprobar durante los próximos días de mi estancia en estas tierras, el espíritu aventurero de este que os escribe me lleva a aborrecer las grandes atracciones turísticas como son este castillo, a la vez que son los parajes menos conocidos de este mundo los que verdaderamente me hacen sentir feliz y vivo, libre al fin y al cabo, lugares donde el capital movido por el sector turístico aún no ha dejado su huella y donde uno aún puede saborear las formas de vida y costumbres de las personas que los habitan. Pero hasta aquí hemos viajado y, como tal, conocer el legendario castillo de Drácula resulta visita obligada.
Las horas posteriores a la visita al castillo han resultado ser una fenomenal experiencia en compañía de Sara y Shopie. Las dos jóvenes inglesas son estudiantes universitarias y están realizando un viaje que las lleva a recorrer toda Europa mediante en billete mensual de Interrail. Ambas conocen algo del idioma español lo cual facilita enormemente la tarea de comunicación entre nosotros así que charlamos y filosofamos de los más variados temas entre los que gran parte del tiempo se lo lleva el debate del por qué los ingleses funcionan al revés del resto del mundo con sus yardas, pulgadas y conducción por la izquierda, donde cada uno expone sus argumentos de defensa (lo siento Sara, no me has convencido). Hacemos de profesor nativo el uno del otro y las comento que son las primeras inglesas que conozco que intentan aprender otro idioma que no sea el suyo. Caminamos por los alrededores del castillo donde nos encontramos con una enigmática cabaña de madera, de grandes ventanales y curiosa cubierta de extrañas formas, forrada por abundante vegetación que le da al conjunto ese aire propio de los cuentos que nuestros abuelos nos contaban cuando éramos pequeños. ¿Será esta la casita de chocolate? ¿Estarán allí dentro Hansel y Gretel?
Juntos imaginamos nuestras propias historias, nos retratamos y disfrutamos de esos buenos momentos. Y las dos chicas que hace unas horas desconocía forman ya parte del viaje, de esta aventura, de mi historia... son las cosas curiosas de viajar sólo, las que te hacen abrirte al mundo, las que hacen que cada amanecer sea el comienzo de un día lleno de nuevas vivencias y sensaciones, de saludos y de despedidas.
La comida la hemos realizado en la terraza de un pequeño pero coqueto restaurante cercano al castillo, en el centro del pueblo de Bran, desde donde he podido observar como el cielo azul de estos días ha dado paso a los primeros cúmulos formados por las corrientes de aire cálido ascendente. "El día amenaza tormenta", pienso. Y ha sido en esa mesa de madera, protegidos del astro rey por un tupido toldo, donde Sophie me ha enseñado a diferenciar y pronunciar en inglés el agua con gas (sparkling water) y sin gas (still water). Como dice el refrán: "nunca te acostarás sin saber algo nuevo".
El próximo autobús con destino Brasov, destino de Sara y Sophie, sale a las cuatro y media de la tarde. Pasarán una noche más en Brasov antes de coger mañana el tren que les lleve hasta la capital, Bucarest, desde donde poder realizar el trasbordo que las lleve a su verdadero destino: la capital de la cultura 2010, Estambul. Las pido una última foto que una turista que hace tiempo junto a nosotros nos saca gustosamente, intercambiamos direcciones de email y prometo enviárselas cuando este de regreso en casa. En lo que a mí respecta, aún me falta una hora para coger mi transporte, el que me llevará a Zarnesti, a la vida rural rumana, a las montañas. Pero antes he despedirme: ¡nice trip, friends!
Mientras espero que llegue mi transporte observo el improvisado puesto ambulante que un joven y su abuelo han montado en plena calle. El puesto lo forman una pequeña mesa de madera de estrechas patas, dos sillas de camping donde permanecen sentados y dos enormes cazuelas donde poder freír el maíz que utilizan como producto de negocio. Cuando un presumible cliente se acerca ambos se ponen de pies, el abuelo abre la cazuela y deja que el cliente escoja la mazorca de maíz que más apetitosa le parezca. El niño extiende la mano para recoger el dinero y en cuanto el cliente abandona el lugar ambos vuelven a sentarse a la espera de un posible próximo cliente. Curiosa forma de obtener un dinero extra con la que ayudar a la familia.
En el autobús que me lleva a Zarnesti por fin siento acercarme a la Rumanía que vine buscando: la de los paisajes espectaculares, espacios naturales y urbanos que guardan la atmósfera de varios periodos históricos donde las influencias que se perciben en la vida cotidiana de sus habitantes traspasa las épocas. Viajo de pie junto a una anciana octogenaria que se encuentra sentada frente a mí, su mirada sobrecogedora y su atuendo tradicional me llaman la atención. A su lado una muchacha joven viste tacones y chaqueta de moda, una moda entre los emigrantes que, tras su estancia en el extranjero, traen dinero y modernidad. Pasado y presente rumano delante de mis ojos. Intento sacarlas una foto pero no lo consigo.
Llueve. El fragoroso sonido de las gotas golpeando contra la chapa del autobús me hace recordar que no todo es sol y cielo azul en este país. Por la luna delantera veo pasar carretas de madera tiradas por caballos, a mi izquierda majestuosas montañas se alzan ocultas entre las espesas nubes que cubren sus cimas. Son las montañas de Piatra Craiului, mi destino el día de mañana.
A mi llegada a Zarnesti me encuentro la soledad de un pueblo rural cuando azota la tormenta. A pesar de ello estoy contento, cubro mi mochila con su impermeable y camino bajo la lluvia buscando alojamiento para pasar la noche. De camino me encuentro un cibercafe dónde poder conectarme a internet al que no dudo en acceder. Localizo varios alojamientos en la zona, anoto su dirección y teléfonos y aprovecho para contestar a algunos emails que tenía pendientes:
"...me he conectado para saludarte sólo y para ver si me da tiempo a escribir en el blog, que acabo de llegar a un pueblo (Zarnesti) en las montañas y no tengo alojamiento ni nada... y a ver si encuentro. Ahora mismo llueve así que a ver si mañana puedo ir al monte. Aquí ya es otro mundo, ¡qué diferencia! Desde el miércoles que marché de Bucarest solo va a mejor el viaje. Bucarest es lo peor. Ahora estoy ya en pueblos más pequeños, aunque los dos últimos días he estado en Brasov, que es bastante grande pero ya es otra historia y la gente es mucho más amable, no como esa panda de extorsionadores y mafia rumana de la capital.
En el pueblo que estoy las carretas tiran a caballo y las abuelillas van con pañuelo en la cabeza... ¡y el típico vestido-bata de amama de hace mil años!...".
Al final, la tormenta ha comenzado a reducirse a un remoto retumbo y las nubes parece que poco a poco van perdiendo su oscura tonalidad gris. La lluvia se ha vuelto menuda y poco a poco va parando. Son las diez de de la noche y voy de aquí para allá en busca de un lugar donde dormir. El pueblo yace y tengo que ser ayudado por una joven pareja de enamorados rumanos a los que parece he fastidiado su ritual de besos y caricias. Gracias a ellos consigo dar con la Cazare Bancila, una coqueta casa rural donde dormir por un módico precio de 60 leis (13,8 €). Dos majísimas hermanas me acomodan en una de las habitaciones que tienen en la segunda planta mientras su madre me prepara una típica sopa rumana con smantana, algo de fruta y pan para cenar. ¡Y qué buena que está la smantana! Esa especie de yogurt natural con un 15% de grasa hace las delicias de mi paladar.
Las dos hermanas conocen bien el español, en particular la más pequeña y encantadora de ellas, que con tan sólo 13 años se desenvuelve perfectamente y con quien se puede mantener una fluida conversación. Su hermana mayor, Andrea, tiene 19 años y está pasando en familia los meses de verano, antes de tener que volver al colegio mayor de Cluj-Napoca donde proseguir con sus estudios universitarios. Charlamos durante una larga hora y media antes de acostarnos y nuevamente me recorre el cuerpo la misma sensación de bienestar que horas atrás había sentido al charlar con Sara y Sophie. Pero ya es tarde y mañana toca nuevamente madrugar para emprender mi viaje a las altas cumbres de Piatra Craiului. Nuevas aventuras me esperan en los Cárpatos meridionales. Supongo que en cierto modo estoy nervioso.