Espíritu libre
27 de julio de 2009
22:08
BANDA SONORA - DÍA 10: LINKIN PARK - In the end
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Es la una de la madrugada y, arrebujado en mi cálido saco, uno siente lejano el fuerte viento que chifla incansable en el exterior, viento que parece llegar de muy lejos. A pesar de ello, de vez en cuando, el afilado aire frío se cuela entre las ranuras de la destartalada puerta del refugio golpeándome de lleno sobre mi faz, casi cortando mi piel. De repente, un forcejeo en la puerta nos sobresalta a todos. Uno de los rumanos que hacían noche junto a mí, sale de su saco y quita el pestillo; la luz cegadora de los frontales de dos montañeros me da de lleno en la cara. Vienen cargados con pesadas mochilas, costosas prendas técnicas y se presentan con un fluido inglés. Son polacos, de la ciudad de Poznan. Por apariencia diría que son hermanos. Ambos son de apariencia amplia y vigorosa; su cabeza, redonda, de cabellos rubios y cortos; la nariz, gruesa y desordenada la barba. Sacan sus esterillas, que extienden sobre el álgido y duro suelo, colocan sus cálidos sacos y tras cocinar precozmente algo en su pequeño y liviano campingas, se recuestan al abrigo de sus propios cuerpos.
No son mucho más de las seis de la mañana cuando los primeros rayos de sol comienzan a colarse por las pequeñas ventanas del refugio. Ha cesado el viento que tan ferozmente estuvo soplando durante las horas nocturnas y el día aparenta presentarse sereno y caluroso. Desde lo alto de la montaña la vista es espléndida. La absorbo con fruición, disfrutando de una extraordinaria nitidez de visión. De vez en cuando, restos de niebla de ladera ocultan la vasta cresta que tengo que recorrer, dándole un aspecto más inhóspito, si cabe. Preparo un desayuno con el poco alimento que me queda del día anterior y disfruto del frescor del aire puro matutino.
La pareja de polacos son los primeros en partir. Poco a poco los veo alejarse cargados con sus pesadas mochilas por el estrecho sendero que recorre la cresta. Van provistos de livianos bastones retráctiles de trekking, que facilitan el paso descargando parte de las fuerzas que deben realizar las extremidades inferiores en terrenos accidentados. Termino de desayunar y recojo los bártulos; es hora de ponerse en marcha.
Los primeros metros son cómodos a lo largo de un estrecho sendero que se deja intuir en lo alto de la herbosa cresta. Sin embargo, a lo lejos distingo a los dos polacos subiendo en fila por un angosto canal abierto en la pared de la montaña y que bordea parte de una cresta que en ese tramo aparenta ser infranqueable. Con la fuerte pendiente, una caída podría resultar fatal, pero ellos realizan la trepada con aparente paso experto y seguro. Es parte del camino a seguir hasta alcanzar la cima de La Ohm, con continuas trepadas y bajadas en la vasta cresta de la cordillera de Piatra Craiului. A su derecha, un escarpado precipicio asoma sobre los verdes y profundos valles del sur transilvano y una sensación de inquietud recorre mi cuerpo en ese mismo instante. El pequeño ángel cuerdo que cada uno de nosotros lleva en su interior sale a animarme a dar media vuelta, deseoso de perder de vista aquel escabroso recorrido, buen conocedor de que no hemos venido a este viaje a ello. Es, sin embargo, la parte más aventurera de mí la que me anima a seguir en un eterno afán de buscar nuevas sensaciones.
Tras algo más de dos horas de arduas y continuas trepadas y bajadas finalmente alcanzo la cima de La Ohm. Una densa niebla ha vuelto a cubrir de oscuridad la montaña con lo que sólo alcanzo a distinguir el cartel indicador de tiempos y recorridos que se sitúa sobre un gran poste de color gualdinegro: «Varful Piscul Baciului (La Ohm) Alt. 2237 m.», dice. Orgulloso abro la mochila, me visto con algo de ropa de abrigo y busco la cámara de fotos para poder visualizar el recorrido a seguir en dirección al Refugio Grind, una pequeña y vieja cabaña de pastores en el camino que me deberá llevar a la pequeña localidad de Sirnea siguiendo una ruta señalizada con la marca de un cuadrado con franjas verticales rojiblancas.
La bajada por la pedregosa ladera resulta tan cansina como entretenida. Poco a poco los canchales dan paso a bellos prados de alta montaña radiantes de color verde, donde estratégicamente está ubicado el refugio Grind, hasta acabar adentrándose en el profundo bosque de coníferas que cubre el fondo del valle. El recorrido está repleto de marcas a seguir, atravesando cada varios kilómetros pequeñas colinas que se alzan tímidamente como pequeñas hermanas a la sombra de su hermano mayor, el gigante calizo de Craiului. Apenas me queda alimento, tan sólo unos pocos frutos secos y ni gota del líquido elemento. Miro nuevamente el recorrido en la cámara de fotos; las distancias parecen pequeñas en la pantalla, pero se hacen eternas a pie de bosque. En algún cruce de caminos he debido saltarme alguna de las marcas y de pronto y sin quererlo me encuentro abandonado a mi suerte. Deambulo durante varias horas a ciegas, sin rumbo fijo, tratando de orientarme como bien puedo en un laberinto de cruces de senderos y pistas forestales. Finalmente, la euforia de comienzo de día da paso a la angustia y caigo exhausto en medio de un claro que se abre en medio de la espesura. Agoto los últimos cacahuetes e intento recuperar un mínimo de energía. Son las cuatro de la tarde y necesito salir de allí antes de que el Sol comience a ponerse en el horizonte; allí sólo, en tierra de osos y lobos, uno se siente en la parte baja de la cadena alimenticia y, créame usted, es una sensación que no se la deseo a nadie.
Después de un descanso de media hora remonto como buenamente puedo un pequeño repecho cubierto de zarzas y helechos y que parece alcanzar un collado. «Desde allí divisaré algo», me digo a mi mismo. Al llegar arriba un suspiro de alivio brota de mi garganta. A lo lejos, se divisa lo que parece ser una pequeña aldea que, si no me confundo, tiene que ser Sirnea. Desciendo por una brusca ladera entre robles, castaños y abedules hasta alcanzar en el fondo del valle, ya entre campos ondulados, las primeras parcelas ganaderas donde pastan tranquilamente algunas reses. Desde aquí, agotado y deshidratado, recorro con paso débil una pista que al cabo de una hora me lleva hasta los primeros caseríos habitados.
Un niño juega despreocupado con su perro mientras su madre lo vigila desde el balcón de su casa. Me acerco a ella y con voz fatigosa la pregunto dónde estoy. Me responde en inglés. Amablemente me invita a que me siente a descansar en su terraza mientras recupero fuerzas comiendo unos frutos secos que gustosamente me sirve junto a una cerveza. Su marido, Andrei, acaba de llegar y juntos charlamos sobre el recorrido que he realizado a lo largo de la jornada. Taciturno me narra que hace veinte años en aquellas mismas montañas perdió a su mejor amigo, su compañero de cordada en tantas y tantas ascensiones. Lo vio caer al vacío delante de sus propios ojos. Cruel experiencia la suya.
Despido el día en el autobús de regreso a Brasov. La sinuosa carretera desciende el valle atravesando el eterno bosque rumano, un bosque mágico, misterioso, donde la acción del hombre parece no haber dejado huella alguna. Abajo, en el llano, la tierra es más benevolente y los campos de maíz se aprecian con extraordinaria nitidez bajo el brillo anaranjado del ocaso. En mi cabeza, mi próximo destino: Sighişoara. Después, Dios dirá. Así viajo yo, sin rumbo, con una mochila y las cosas imprescindibles. Es cansado, lo sé; pero me hace sentir libre de toda atadura.
El expreso de medianoche parte de la estación; cierro los ojos y duermo.