Espíritu libre


BANDA SONORA - DÍA 10: LINKIN PARK - In the end



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Es la una de la madrugada y, arrebujado en mi cálido saco, uno siente lejano el fuerte viento que chifla incansable en el exterior, viento que parece llegar de muy lejos. A pesar de ello, de vez en cuando, el afilado aire frío se cuela entre las ranuras de la destartalada puerta del refugio golpeándome de lleno sobre mi faz, casi cortando mi piel. De repente, un forcejeo en la puerta nos sobresalta a todos. Uno de los rumanos que hacían noche junto a mí, sale de su saco y quita el pestillo; la luz cegadora de los frontales de dos montañeros me da de lleno en la cara. Vienen cargados con pesadas mochilas, costosas prendas técnicas y se presentan con un fluido inglés. Son polacos, de la ciudad de Poznan. Por apariencia diría que son hermanos. Ambos son de apariencia amplia y vigorosa; su cabeza, redonda, de cabellos rubios y cortos; la nariz, gruesa y desordenada la barba. Sacan sus esterillas, que extienden sobre el álgido y duro suelo, colocan sus cálidos sacos y tras cocinar precozmente algo en su pequeño y liviano campingas, se recuestan al abrigo de sus propios cuerpos.

No son mucho más de las seis de la mañana cuando los primeros rayos de sol comienzan a colarse por las pequeñas ventanas del refugio. Ha cesado el viento que tan ferozmente estuvo soplando durante las horas nocturnas y el día aparenta presentarse sereno y caluroso. Desde lo alto de la montaña la vista es espléndida. La absorbo con fruición, disfrutando de una extraordinaria nitidez de visión. De vez en cuando, restos de niebla de ladera ocultan la vasta cresta que tengo que recorrer, dándole un aspecto más inhóspito, si cabe. Preparo un desayuno con el poco alimento que me queda del día anterior y disfruto del frescor del aire puro matutino.

Vistas al amanecer
Refugio Ascutit y cresterio de La Ohm
La pareja de polacos son los primeros en partir. Poco a poco los veo alejarse cargados con sus pesadas mochilas por el estrecho sendero que recorre la cresta. Van provistos de livianos bastones retráctiles de trekking, que facilitan el paso descargando parte de las fuerzas que deben realizar las extremidades inferiores en terrenos accidentados. Termino de desayunar y recojo los bártulos; es hora de ponerse en marcha.

Pareja de polacos iniciando la marcha
Los primeros metros son cómodos a lo largo de un estrecho sendero que se deja intuir en lo alto de la herbosa cresta. Sin embargo, a lo lejos distingo a los dos polacos subiendo en fila por un angosto canal abierto en la pared de la montaña y que bordea parte de una cresta que en ese tramo aparenta ser infranqueable. Con la fuerte pendiente, una caída podría resultar fatal, pero ellos realizan la trepada con aparente paso experto y seguro. Es parte del camino a seguir hasta alcanzar la cima de La Ohm, con continuas trepadas y bajadas en la vasta cresta de la cordillera de Piatra Craiului. A su derecha, un escarpado precipicio asoma sobre los verdes y profundos valles del sur transilvano y una sensación de inquietud recorre mi cuerpo en ese mismo instante. El pequeño ángel cuerdo que cada uno de nosotros lleva en su interior sale a animarme a dar media vuelta, deseoso de perder de vista aquel escabroso recorrido, buen conocedor de que no hemos venido a este viaje a ello. Es, sin embargo, la parte más aventurera de mí la que me anima a seguir en un eterno afán de buscar nuevas sensaciones.

Polacos trepando en la agreste cresta
Tomándome un descanso en una de las numerosas cimas secundarias del recorrido
Tras algo más de dos horas de arduas y continuas trepadas y bajadas finalmente alcanzo la cima de La Ohm. Una densa niebla ha vuelto a cubrir de oscuridad la montaña con lo que sólo alcanzo a distinguir el cartel indicador de tiempos y recorridos que se sitúa sobre un gran poste de color gualdinegro: «Varful Piscul Baciului (La Ohm) Alt. 2237 m.», dice. Orgulloso abro la mochila, me visto con algo de ropa de abrigo y busco la cámara de fotos para poder visualizar el recorrido a seguir en dirección al Refugio Grind, una pequeña y vieja cabaña de pastores en el camino que me deberá llevar a la pequeña localidad de Sirnea siguiendo una ruta señalizada con la marca de un cuadrado con franjas verticales rojiblancas.

Cima de la Ohm
Extensos pastizales de alta montaña en el descenso hacia el refugio Grind
Descenso hacia el refugio Grind
Refugio Grind
La bajada por la pedregosa ladera resulta tan cansina como entretenida. Poco a poco los canchales dan paso a bellos prados de alta montaña radiantes de color verde, donde estratégicamente está ubicado el refugio Grind, hasta acabar adentrándose en el profundo bosque de coníferas que cubre el fondo del valle. El recorrido está repleto de marcas a seguir, atravesando cada varios kilómetros pequeñas colinas que se alzan tímidamente como pequeñas hermanas a la sombra de su hermano mayor, el gigante calizo de Craiului. Apenas me queda alimento, tan sólo unos pocos frutos secos y ni gota del líquido elemento. Miro nuevamente el recorrido en la cámara de fotos; las distancias parecen pequeñas en la pantalla, pero se hacen eternas a pie de bosque. En algún cruce de caminos he debido saltarme alguna de las marcas y de pronto y sin quererlo me encuentro abandonado a mi suerte. Deambulo durante varias horas a ciegas, sin rumbo fijo, tratando de orientarme como bien puedo en un laberinto de cruces de senderos y pistas forestales. Finalmente, la euforia de comienzo de día da paso a la angustia y caigo exhausto en medio de un claro que se abre en medio de la espesura. Agoto los últimos cacahuetes e intento recuperar un mínimo de energía. Son las cuatro de la tarde y necesito salir de allí antes de que el Sol comience a ponerse en el horizonte; allí sólo, en tierra de osos y lobos, uno se siente en la parte baja de la cadena alimenticia y, créame usted, es una sensación que no se la deseo a nadie.

Después de un descanso de media hora remonto como buenamente puedo un pequeño repecho cubierto de zarzas y helechos y que parece alcanzar un collado. «Desde allí divisaré algo», me digo a mi mismo. Al llegar arriba un suspiro de alivio brota de mi garganta. A lo lejos, se divisa lo que parece ser una pequeña aldea que, si no me confundo, tiene que ser Sirnea. Desciendo por una brusca ladera entre robles, castaños y abedules hasta alcanzar en el fondo del valle, ya entre campos ondulados, las primeras parcelas ganaderas donde pastan tranquilamente algunas reses. Desde aquí, agotado y deshidratado, recorro con paso débil una pista que al cabo de una hora me lleva hasta los primeros caseríos habitados.

Un niño juega despreocupado con su perro mientras su madre lo vigila desde el balcón de su casa. Me acerco a ella y con voz fatigosa la pregunto dónde estoy. Me responde en inglés. Amablemente me invita a que me siente a descansar en su terraza mientras recupero fuerzas comiendo unos frutos secos que gustosamente me sirve junto a una cerveza. Su marido, Andrei, acaba de llegar y juntos charlamos sobre el recorrido que he realizado a lo largo de la jornada. Taciturno me narra que hace veinte años en aquellas mismas montañas perdió a su mejor amigo, su compañero de cordada en tantas y tantas ascensiones. Lo vio caer al vacío delante de sus propios ojos. Cruel experiencia la suya.

Despido el día en el autobús de regreso a Brasov. La sinuosa carretera desciende el valle atravesando el eterno bosque rumano, un bosque mágico, misterioso, donde la acción del hombre parece no haber dejado huella alguna. Abajo, en el llano, la tierra es más benevolente y los campos de maíz se aprecian con extraordinaria nitidez bajo el brillo anaranjado del ocaso. En mi cabeza, mi próximo destino: Sighişoara. Después, Dios dirá. Así viajo yo, sin rumbo, con una mochila y las cosas imprescindibles. Es cansado, lo sé; pero me hace sentir libre de toda atadura.

El expreso de medianoche parte de la estación; cierro los ojos y duermo.

Por tierra de calizas


BANDA SONORA - DÍA 9: SIMPLE PLAN - Welcome to my life



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Amanece temprano en Zarnesti. Resultaría agradable despertar escuchando el alegre trinar de jilgueros, pardillos y verderones que revolotean entre el arbolado del jardín de no ser porque otro visitante chupasangres me ha estado visitando durante los últimas noches haciendo su particular carnicería. Más de treinta picaduras de mosquito lucen gustosamente sobre mis piernas haciendo insoportable las ganas de arascarme. A pesar de ello, lo evito.

Picaduras de mosquito al levantarme en Zarnesti
Me asomo a la ventana para hacerme una rápida previsión meteorológica; grandes nubarrones se alternan dejando entrever pequeñas fracciones del azulado cielo. Aún así, las previsiones son buenas. A escasos metros frente a mí, posado sobre una de las ramas de un sobresaliente cerezo, un jilguero macho canta con el pecho hinchado, el porte erguido y las alas ligeramente huecas. Observo tranquilamente el rojo carmesí de su faz y el esquema negro y blanco de cabeza y mejillas, colores que parecen querer simular una pequeña y rutilante bandera tricolor.

La madre de Andrea me ha preparado un exquisito desayuno, perfecto para cargar las pilas en la larga jornada que hoy me espera. Desayuno mientras examino mapas de la zona, meditando la posibilidad de hacer noche en el refugio de Cavana Curmatura, en el corazón del Parque Nacional de Piatra Craiului, majestuosa formación caliza en los Cárpatos meridionales que tienen como punto culminante La Ohm, con sus 2.238 m.

Resulta emocionante la idea de adentrarme en solitario en aquellos desconocidos parajes cargando a la espalda con todo el equipaje previsto para un viaje entre ciudades, así que, antes de marchar, pido consejo entre mis huéspedes. Entre ellos está el tío de Andrea, un rumano que acaba de regresar de una travesía por el Karakorum paquistaní, para muchos una de las zonas montañosas más inhóspitas del mundo con varios ocho miles en su haber. "¿De dónde eres?" pregunta. "De Bilbao, País Vasco - respondo -. En el norte de la península ibérica, cerca de la frontera con Francia". "Si eres vasco, tu eres buen montañero, seguro - añade, demostrando un dominio eficaz de la lengua castellana -. Los vascos que conozco son buenos montañeros". Tomo nota de sus consejos y me saco una última foto con ambas hermanas.

Ambas hermanas y yo en el jardín de su casa, en Zarnesti
La menor de ellas me acompaña hasta una pequeña tienda de alimentación donde con su ayuda compro algo de chocolate, miel y frutos secos que me ayudarán a aportarme la energía necesaria. Nada más despedirme de ella, a la salida del pueblo un cartel indicador del Parque Nacional muestra un enorme mapa con varios recorridos señalizados y la situación de los refugios y cumbres más características. A diferencia de España, donde los senderos se distinguen entre PR y GR seguidos de un número, en Rumania es característico señalizar cada uno de los recorridos mediante un símbolo diferenciado, de forma que únicamente tienes que limitarte a seguir dicho símbolo para alcanzar el destino deseado. Saco una foto al mapa completo para poder visualizarlo en la pantalla de la cámara en caso de ser necesario.

Mapa de montaña en el P.N. Piatra Craiului
Con el agradable cantar de los habitantes del bosque y el suave sonido del agua de río fluyendo a mi lado, recorro los primeros kilómetros sobre una amplia pista. La euforia me invade al pensar que pasaré recorriendo aquellas recias montañas durante al menos las próximas veinticuatro horas. De vez en cuando, me cruzo con algún grupo de senderistas que disfrutan de los hermosos parajes mientras voy ganando metros entre un apretado bosque de coníferas. Al alcanzar un pequeño alto se muestra ante mí el exquisito verdor de las grandes extensiones de prados salpicados de pequeñas cabañas que limitan sus parcelas mediante rústicas vallas y arbolado, y en las que en varias de ellas puede verse apilada la paja recogida formando parvas. Estas curiosas apilaciones solían ser prácticas agrícolas bastante comunes antaño en nuestro país; hoy en día, el uso de moderna maquinaria las ha dejado prácticamente en desuso. En ese instante, me viene un pequeño poema anónimo que no hace mucho había leído en Internet:

Por aquellos prados verdes,
¡qué galana va la niña!;
con su andar siega la hierba,
con los zapatos la trilla,
con el vuelo de la falda,
a ambos lados la tendía.

Paisaje en el P.N. Piatra Craiului
Un grupo de cuatro senderistas que se cruza en mi camino me hacen saber que hace una media hora que he dejado atrás el desvío hacia mi destino con lo que, no sin refunfuñar, deshago parte del camino realizado hasta localizar la marca indicadora de la ruta a seguir, la cual me desvía por un pequeño sendero que se adentra zigzagueante en el bosque de hayas y coníferas, ascendiendo directamente por la dura ladera de la montaña entre ramas y árboles caídos.

Ascendiendo por las duras rampas hacia Cavana Curmatura
Me desoriento. Son las 13h cuando me doy cuenta de que me encuentro en tierra de nadie, con objeto de evitar rodar pendiente abajo, agarrado como puedo a las ramas de un pequeño árbol que trata de abrirse paso entre sus hermanos mayores en busca de los rayos de sol. Por un momento, la frustración me invade. Con los restos de lo que fuera una gran rama intento excavar un llano donde poder descansar mínimamente en la cansada pendiente. Tomo aire y medito. Finalmente opto por continuar la ascensión bosque a través con la esperanza de que en algún momento logre cruzarme con la senda que me lleve a Curmatura. Desde luego, pasar la noche desorientado en aquel bosque atestado de osos no es mi mejor opción y descender, si bien podría llevarme a la pista de partida, también podría hacerme acabar en algún lugar del fondo del valle completamente aislado.

No ha pasado ni hora y media cuando alcanzo un pequeño collado en el que se abre tímidamente un claro entre el bosque. Me siento agotado y nervioso. A unos metros el pequeño claro en el bosque da paso a un amplio prado donde un cartel indica la ruta a seguir: Cabana Curmatura, 2h. "De la que me he librado" - pienso para mi mismo mientras respiro profundo. Enciendo la cámara y localizo el punto en el que me ubico en el mapa que previamente había fotografiado. A lo lejos la amplia cordillera de Piatra Craiului se alza imponente con La Ohm como punto culminante. Desde aquí, alcanzo el refugio Curmatura sin problemas. Son las cuatro de la tarde.

Cordillera de Piatra Craiului
Cabana Curmatura es un pequeño y coqueto refugio de 46 plazas, fabricado en madera y piedra, que se alza en un pequeño claro que se abre entre abetos a los pies de los grandes murallones calizos que forman las montañas de Piatra Craiului. Lo regentan dos amables rumanos, Florin y Alina, que sirven a sus visitantes, en su mayoría montañeros, ricos platos típicos rumanos. En la parte exterior, rodeado por un sólido vallado, se encuentra una pequeña zona de acampada libre con varias tiendas montadas. Tras aprovisionarme de líquido, en un pequeño manantial cercano al refugio, entro a tomarme un Ciocolata calda y comprar a módico precio una cerveza a precio que saborearé mientras reviso detalladamente el mapa de mi cámara de fotos. Existe un pequeño refugio no guardado en lo alto del cresterío de las maravillosas montañas que me rodean, a 2150 metros de altitud. "Desde allí arriba las vistas tienen que ser increíbles - pienso -. Voy bien de tiempo para intentar llegar arriba. Cambio de planes".

Disfrutando de un merecido descanso en el exterior del refugio Curmatura

Varful Piatra Mica desde las cadenas
Nada más dejar atrás Curmatura el agradable sendero deja paso a un terreno de fuerte pendiente en el que, entre canchales y grandes bloques calizos salpicados de abetos que intentan aferrarse a los mismos como buenamente pueden, se va ganando altura ayudado a ratos por cadenas fijadas a la roca. El subidón de adrenalina es tremendo al atravesar los pasos aéreos que debo cruzar en el camino, a la vez que disfruto de las sobrecogedoras vistas que el paisaje me ofrece. Me asomo a un saliente, tomo aire y observo la grandiosidad de aquel paraje.

Subiendo por las cadenas desde el refugio Curmatura

Subiendo por las cadenas desde el refugio Curmatura

Subiendo Piatra Craiului por las cadenas
La cresta no presente ninguna dificultad técnica hasta el refugio Varful Ascutit al que me dirijo. Camino ágil entre punzantes setos que me provocan algún que otro arañazo en las piernas siguiendo las marcas indicativas del recorrido sin poder evitar observar el fascinante abismo que asoma a cada uno de los costados. A lo lejos ya vislumbro la forma esférica de lo que será mi hogar durante la fría noche que se avecina. Oscuros nubarrones, presagio de un cambio de tiempo, crecen sobre mi cabeza mientras apuro los últimos metros. Por fin, alcanzo mi objetivo; un pequeño refugio metálico de varias piezas pentagonales entre las que se alterna alguna de forma hexágonal, formando entre todas ellas una semiesfera de color pardo. La austera superficie interior no debe de ser mayor a los 6 metros cuadrados, disponiendo de varios cristales rayados a través de los cuales apenas logra verse nada hacia exterior. La entrada está formada por una chirriante y enmohecida puerta metálica, que apenas aísla del frio aire de fuera, así como por una gran palanca que hace las funciones de improvisado pestillo. En el exterior de la puerta, pintado con grandes letras, se muestra el nombre del refugio: Refugiul Vf. Ascutit (Lehman). Una amplia chapa metálica ocupa la mitad del espacio interior a una altura aproximada de medio metro. "Supongo que esto será donde me tocará dormir" - pienso.

En el refugio Varful Ascutit

En el refugio Varful Ascutit
Poco después, un grupo de tres rumanos me sorprende en el interior del refugio; son un matrimonio y su hija. No presentamos y intercambiamos algunas palabras, especialmente con la hija, con la que mantengo una agradable conversación sobre fotografía, a la cual es aficionada. Me sorprende su equipación, ataviados todos ellos con ropa de invierno y piolets, a diferencia de mis prendas veraniegas que no dejan de ser algo de ropa básica de montaña complementada con ropa de calle. Por un instante me siento ridículo vestido con varios niquis bajo un chaleco, cubierto todo ello con la chaqueta de calle que me he puesto para abrigarme del frío que a cada minuto se hace más intenso. "¿Qué pensarán de mí? - me digo a mí mismo -. Bueno, es lo que hay, subir montañas no estaba entre mis planes cuando vine a Rumania".

Montañeros rumanos en el refugio

Con la montañera rumana
Ceno gran parte del alimento que tenía, estoy cansado y necesito recuperar fuerzas para afrontar la dura jornada de mañana. Extiendo el saco en la fría lámina metálica que hace de improvisada cama y me acuesto. La cima de La Ohm me espera. Para alcanzar mi objetivo, primero necesitaré cruzar la escarpada cresta en medio de dos abismos, cargando en mi andadura con quince kilos de pesado equipaje. Cierro los ojos y suspiro dejando que una intensa sensación de libertad fluya en mi interior... Welcome to my life.

Vampiros, castillos y princesas




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Resulta sorprendente conocer como nació el mito de Drácula allá por el año 1897, cuando el escritor irlandés Abraham Stoker, mundialmente conocido como Bran Stoker, creó uno de los personajes ficticios más famosos de la historia a raíz de una indigestión de cangrejo que le provocó fuertes alucinaciones, donde una especie de rey de los vampiros salía de su tumba en busca de sangre. Se basó para ello en el personaje real de la historia rumana llamado Vlad Draculea (Vlad el Hijo del Dragón) también conocido como Vlad Tepes: el empalador.

Vlad TepesLibro de Drácula

Hoy definitivamente es el último día en casa de Janos. Como en días anteriores madrugo para ducharme, recoger mis bártulos y dejar la mochila lista antes de ir a desayunar, si bien se puede decir que no es que haya pegado mucho ojo teniendo que aguantar los irritantes ronquidos de la Madre de Janos que hacían creerme que algún oso del monte Tarmas se había colado al otro lado de la puerta que separa mi habitación de la suya. Si creía haber visto todo por parte de esta mujer me equivocaba. Al ir a recoger el neceser que me había dejado olvidado en el baño allí ha aparecido en ropa interior luciendo carnes. ¡Por favor señora,tápese un poco!

A pesar de todo, la sensación resulta cuando menos sorprendente: mi viaje prosigue y como tal tengo ganas de conocer nuevos lugares; sin embargo, la amabilidad de aquellos dos días en la casa de esta modesta familia rumana me han dejado en cierto modo marcado. Supongo que no soy más que un número para ellos, yo, en cambio, prefiero pensar lo contrario. Les pido inmortalizar el momento anterior a mi salida. Ellos aceptan gustosos.

Despedida con Janos y su madre. Brasov
El trayecto en transporte público hasta la estación de autobuses de Brasov se realiza en quince minutos; antes de ello aprovecho para recorrer por última vez la concurrida Strada Republicii, que a estas horas de la mañana despierta y en donde las terrazas comienzan a llenarse con los primeros desayunos servidos a turistas.

Strada Republicii. Brasov
Una vez en la estación y tras preguntar a no pocos rumanos como coger el autobús que me lleve a la cercana localidad de Bran, cual es mi sorpresa cuando me he enterado de la existencia de una segunda parada de autobuses "comarcales", que como no podía ser de otra forma, se tenía que encontrar en la otra punta de la ciudad. Así que con paciencia, tiempo, quince kilos de peso a la espalda y un par de litros perdidos en forma de sudor bajo el abrasador sol del estío rumano, he recorrido los aproximadamente tres kilómetros que separan ambas estaciones no sin pocos regañadientes.

Camino a la estación de autobuses de Brasov
Bran es una pequeña localidad a la que se accede en autobús desde Brasov, famosa porque en ella se sitúa el espectacular castillo que destaca sobre las copas de los árboles en medio de un encajonado valle y que hoy en día se asocia con la leyenda del Conde Drácula, con toda seguridad el vampiro más internacional del mundo. Como me podía esperar, la parada ha resultado ser una congregación de agitados turistas de diversas nacionalidades con sus cámaras y atuendos, deseosos todos ellos de coger el primer autobús. Hago cola junto a las dos chicas con las que me crucé en el día de ayer cuando me disponía a remontar el sendero del monte Tarmas. Intercambio con ellas unas breves palabras en inglés antes de acceder al autobús por un coste de 4 leis (0,92 €).

Autobus a Bran
Durante los aproximadamente treinta minutos que dura el trayecto entre ambas localidades repaso los mapas de la zona y me paro a leer lo que dice la guía de viaje acerca del castillo, lo cual cito a continuación:

"El castillo, muy bien conservado, se construyó en la Edad Media y hasta el sigloXX desempeñó un papel fundamentalmente defensivo, estaba ocupado por los soldados que controlaban el paso por el valle. Cuando se marcharon los soldados fue reconvertido por el rey Fernando en residencia real.

El castillo fué construido por un caballero de la orden teutona en el siglo XIII pero un siglo más tarde el rey húngaro, señor de las tierras, le dejó bajo el control de la ciudad de Brasov, haciéndose una serie de reformas con el fin de que pudiera controlar el paso por el valle y especialmente las rutas comerciales. En el siglo XIV y durante un breve periodo quedó bajo el control de Mirecea cel Bratan y voivodas valacos, pero nunca perteneció al temible Vlad Tepes. En el siglo XV pasó de nuevo a depender de la ciudad de Brasov, hasta mediados del XIX. Durante todo ese periodo funcionó como un peaje en el que se debía pagar el 3% de las mercancías y que permaneció activa hasta el sigl XIX. De 1920 a 1947 fué utilizado por los monarcas rumanos de residencia."


Mucho ruido y pocas nueces pienso para mí mismo.

Sara y Sophie son dos agradables chicas inglesas de 20 y 19 años que he tenido el placer de saludar esperando al autobús en Brasov y que ahora me reencuentro esperando la cola para la compra de los tickets que permiten acceder a esta atracción turística que resulta el Castillo de Bran por un precio de 12 leis (2,75 €), un precio que me resulta excesivamente caro para este país. Sara es la mayor de las dos, viste un bonita falda marrón jaspeada de figuras blancas, camiseta de tirantes a juego y luce una voluminosa melena rizada de un brillante color castaño, coronada por las gafas de sol. Sophie emana juventud y dulzura, su largo cabello liso y dorado me recuerda a uno de esos cortes de pelo que tan de moda estuvieron durante los 70. Su ceñida y colorida camiseta junto a los shorts hacen figurar un bonito cuerpo tras de sí. Con ellas he tenido el placer de recorrer todos y cada uno de los rincones del castillo, haciendo mi visita más amena mientras contemplamos los alrededores pintorescos a través de sus ventanas almenadas, nos sacamos fotos, e inmortalizamos aquellos pasillos y salas llenos de historias acerca de Drácula, donde uno puede dejar volar la imaginación a gusto pero que no pasaran por ser uno de los mejores recuerdos que guarde del viaje. Y es que, como algunos ya sabréis, y tendréis opción de comprobar durante los próximos días de mi estancia en estas tierras, el espíritu aventurero de este que os escribe me lleva a aborrecer las grandes atracciones turísticas como son este castillo, a la vez que son los parajes menos conocidos de este mundo los que verdaderamente me hacen sentir feliz y vivo, libre al fin y al cabo, lugares donde el capital movido por el sector turístico aún no ha dejado su huella y donde uno aún puede saborear las formas de vida y costumbres de las personas que los habitan. Pero hasta aquí hemos viajado y, como tal, conocer el legendario castillo de Drácula resulta visita obligada.

Castillo de Bran
Castillo de Bran
Castillo de Bran
Las horas posteriores a la visita al castillo han resultado ser una fenomenal experiencia en compañía de Sara y Shopie. Las dos jóvenes inglesas son estudiantes universitarias y están realizando un viaje que las lleva a recorrer toda Europa mediante en billete mensual de Interrail. Ambas conocen algo del idioma español lo cual facilita enormemente la tarea de comunicación entre nosotros así que charlamos y filosofamos de los más variados temas entre los que gran parte del tiempo se lo lleva el debate del por qué los ingleses funcionan al revés del resto del mundo con sus yardas, pulgadas y conducción por la izquierda, donde cada uno expone sus argumentos de defensa (lo siento Sara, no me has convencido). Hacemos de profesor nativo el uno del otro y las comento que son las primeras inglesas que conozco que intentan aprender otro idioma que no sea el suyo. Caminamos por los alrededores del castillo donde nos encontramos con una enigmática cabaña de madera, de grandes ventanales y curiosa cubierta de extrañas formas, forrada por abundante vegetación que le da al conjunto ese aire propio de los cuentos que nuestros abuelos nos contaban cuando éramos pequeños. ¿Será esta la casita de chocolate? ¿Estarán allí dentro Hansel y Gretel?

Casito junto al Castillo de Bran
Juntos imaginamos nuestras propias historias, nos retratamos y disfrutamos de esos buenos momentos. Y las dos chicas que hace unas horas desconocía forman ya parte del viaje, de esta aventura, de mi historia... son las cosas curiosas de viajar sólo, las que te hacen abrirte al mundo, las que hacen que cada amanecer sea el comienzo de un día lleno de nuevas vivencias y sensaciones, de saludos y de despedidas.

Sara, Sophie y yo junto a la casita de Hansel y Gretel
La comida la hemos realizado en la terraza de un pequeño pero coqueto restaurante cercano al castillo, en el centro del pueblo de Bran, desde donde he podido observar como el cielo azul de estos días ha dado paso a los primeros cúmulos formados por las corrientes de aire cálido ascendente. "El día amenaza tormenta", pienso. Y ha sido en esa mesa de madera, protegidos del astro rey por un tupido toldo, donde Sophie me ha enseñado a diferenciar y pronunciar en inglés el agua con gas (sparkling water) y sin gas (still water). Como dice el refrán: "nunca te acostarás sin saber algo nuevo".

Hora de la comida en Bran
El próximo autobús con destino Brasov, destino de Sara y Sophie, sale a las cuatro y media de la tarde. Pasarán una noche más en Brasov antes de coger mañana el tren que les lleve hasta la capital, Bucarest, desde donde poder realizar el trasbordo que las lleve a su verdadero destino: la capital de la cultura 2010, Estambul. Las pido una última foto que una turista que hace tiempo junto a nosotros nos saca gustosamente, intercambiamos direcciones de email y prometo enviárselas cuando este de regreso en casa. En lo que a mí respecta, aún me falta una hora para coger mi transporte, el que me llevará a Zarnesti, a la vida rural rumana, a las montañas. Pero antes he despedirme: ¡nice trip, friends!

Despedida de Sara y Sophie en la parada de bus de Bran
Mientras espero que llegue mi transporte observo el improvisado puesto ambulante que un joven y su abuelo han montado en plena calle. El puesto lo forman una pequeña mesa de madera de estrechas patas, dos sillas de camping donde permanecen sentados y dos enormes cazuelas donde poder freír el maíz que utilizan como producto de negocio. Cuando un presumible cliente se acerca ambos se ponen de pies, el abuelo abre la cazuela y deja que el cliente escoja la mazorca de maíz que más apetitosa le parezca. El niño extiende la mano para recoger el dinero y en cuanto el cliente abandona el lugar ambos vuelven a sentarse a la espera de un posible próximo cliente. Curiosa forma de obtener un dinero extra con la que ayudar a la familia.

En el autobús que me lleva a Zarnesti por fin siento acercarme a la Rumanía que vine buscando: la de los paisajes espectaculares, espacios naturales y urbanos que guardan la atmósfera de varios periodos históricos donde las influencias que se perciben en la vida cotidiana de sus habitantes traspasa las épocas. Viajo de pie junto a una anciana octogenaria que se encuentra sentada frente a mí, su mirada sobrecogedora y su atuendo tradicional me llaman la atención. A su lado una muchacha joven viste tacones y chaqueta de moda, una moda entre los emigrantes que, tras su estancia en el extranjero, traen dinero y modernidad. Pasado y presente rumano delante de mis ojos. Intento sacarlas una foto pero no lo consigo.

Autobús de Bran a Zarnesti
Llueve. El fragoroso sonido de las gotas golpeando contra la chapa del autobús me hace recordar que no todo es sol y cielo azul en este país. Por la luna delantera veo pasar carretas de madera tiradas por caballos, a mi izquierda majestuosas montañas se alzan ocultas entre las espesas nubes que cubren sus cimas. Son las montañas de Piatra Craiului, mi destino el día de mañana.

Tormenta desde el autobús de Bran a Zarnesti
Anoche bajo la lluvia en las calles de Zarnesti
A mi llegada a Zarnesti me encuentro la soledad de un pueblo rural cuando azota la tormenta. A pesar de ello estoy contento, cubro mi mochila con su impermeable y camino bajo la lluvia buscando alojamiento para pasar la noche. De camino me encuentro un cibercafe dónde poder conectarme a internet al que no dudo en acceder. Localizo varios alojamientos en la zona, anoto su dirección y teléfonos y aprovecho para contestar a algunos emails que tenía pendientes:

"...me he conectado para saludarte sólo y para ver si me da tiempo a escribir en el blog, que acabo de llegar a un pueblo (Zarnesti) en las montañas y no tengo alojamiento ni nada... y a ver si encuentro. Ahora mismo llueve así que a ver si mañana puedo ir al monte. Aquí ya es otro mundo, ¡qué diferencia! Desde el miércoles que marché de Bucarest solo va a mejor el viaje. Bucarest es lo peor. Ahora estoy ya en pueblos más pequeños, aunque los dos últimos días he estado en Brasov, que es bastante grande pero ya es otra historia y la gente es mucho más amable, no como esa panda de extorsionadores y mafia rumana de la capital.

En el pueblo que estoy las carretas tiran a caballo y las abuelillas van con pañuelo en la cabeza... ¡y el típico vestido-bata de amama de hace mil años!...".


Leyendo el correo en un ciber de Zarnesti
Al final, la tormenta ha comenzado a reducirse a un remoto retumbo y las nubes parece que poco a poco van perdiendo su oscura tonalidad gris. La lluvia se ha vuelto menuda y poco a poco va parando. Son las diez de de la noche y voy de aquí para allá en busca de un lugar donde dormir. El pueblo yace y tengo que ser ayudado por una joven pareja de enamorados rumanos a los que parece he fastidiado su ritual de besos y caricias. Gracias a ellos consigo dar con la Cazare Bancila, una coqueta casa rural donde dormir por un módico precio de 60 leis (13,8 €). Dos majísimas hermanas me acomodan en una de las habitaciones que tienen en la segunda planta mientras su madre me prepara una típica sopa rumana con smantana, algo de fruta y pan para cenar. ¡Y qué buena que está la smantana! Esa especie de yogurt natural con un 15% de grasa hace las delicias de mi paladar.

Las dos hermanas conocen bien el español, en particular la más pequeña y encantadora de ellas, que con tan sólo 13 años se desenvuelve perfectamente y con quien se puede mantener una fluida conversación. Su hermana mayor, Andrea, tiene 19 años y está pasando en familia los meses de verano, antes de tener que volver al colegio mayor de Cluj-Napoca donde proseguir con sus estudios universitarios. Charlamos durante una larga hora y media antes de acostarnos y nuevamente me recorre el cuerpo la misma sensación de bienestar que horas atrás había sentido al charlar con Sara y Sophie. Pero ya es tarde y mañana toca nuevamente madrugar para emprender mi viaje a las altas cumbres de Piatra Craiului. Nuevas aventuras me esperan en los Cárpatos meridionales. Supongo que en cierto modo estoy nervioso.

Y al séptimo día, resucité.


BANDA SONORA - DIA 7: KISS - Rock and Roll All night



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Voy a empezar el post del día de hoy con un video sobre Brasov que he encontrado en la web de Youtube. El video no es más que un simple montaje con una sucesión de imagenes mientras suenan distintos ritmos musicales, pero sirve para hacerse una idea general de lo que uno puede encontrarse en la ciudad.



Brilla el Sol de la mañana en toda la comarca de Brasov. Me levanto recordando a unos rumanos que ví anoche cuando recorrí la Strada Republicii para ir a realizar mis compras al supermercado. Esta calle comienza en Piata Sfatului y termina en Bulevardul 15 Noviembrie, donde está el monumento a los caídos durante la Revolución de 1989, y es una de las calles más transitadas y animadas de toda la ciudad, ocupada en toda su parte central por las terrazas de los numerosos bares y restaurantes. En una de estas terrazas había un grupo de unos 7 rumanos cantando alegremente la conocida canción de Manolo Escobar que viva España, mientras alzaban sus jarras de cerveza para brindar y dos de las chicas que los acompañaban se marcaban un baile sin ningún tipo de pudor. Asombrado (e incluso asustado) proseguí mi camino.

Como todo ser humano, uno tiene sus necesidades. Recuerdo como lo primero que he hecho nada más levantarme ha sido ir al baño a hacer aguas mayores, así que tras adecuar el bater con papel higiénico, para no tocar partes comunes a otros traseros, gustosamente he depurado mi cuerpo con dos poderosos chorizos, como se dice en mi tierra. Las dos grandes masas amazacotadas de color marrón oscuro eran grandes como plátanos de Canarias y han conseguido la revitalización completa de mi cuerpo, generando una sensación de bienestar general a la par de aligeraban en varias centenas de gramos mi peso corporal. El problema ha venido cuando he ido a dar la bomba, ya que en este funesto bater no funciona la bomba correctamente por lo visto. Allí estaban mis dos criaturas pidiendo a gritos su destierro por la tubería mientras sobresalían varios centímetros por encima del nivel del agua taponando todo lo que sería la vía de escape. He intentado por todos los medios solucionar aquel desmadre pero, finalmente y con bastante recato, no me ha quedado más solución que llamar a Janos para que volviese a hacer funcionar la bomba que, por lo visto, había quedado atascada y tenía su truco para hacerla volver a funcionar. Con gran interés he observado y memorizado cada uno de los pasos realizados por Janos, no vaya a ser que mañana se vuelva a repetir semejante incomoda situación.

La madre de Janos me ha servido un desayuno a base de dos huevos cocidos, pan tostado y un café con leche, lo de sabroso vamos a dejarlo para otra ocasión más acertada. Esta señora me resulta ciertamente repelente. No sabría decir los años que puede tener pero que, por la edad de Janos, deduzco que rondará los sesenta y cinco. Entrada en carnes, morena de pelo alborotado, acostumbra a estar tirada en el sofa de la sala, roncando como un oso la mayor parte de tiempo. Cuando he salido del baño, y mientras me preparaba el desayuno, me la he encontrado lamiendo de forma bastante desagradable la tapa de un bote de lo que parecía ser algún tipo de crema o miel. Lamía de tal forma que he pensado que llevaba un mes sin comer. Con semejante escena delante, de repente mi cabeza a comenzado a divagar y me he imaginado a la susodicha lanzando flatulencias a diestro y siniestro, pero eso es otra historia que no os voy a contar.

A las diez he salido a visitar la ciudad. Como he decidido quedarme un día más en Brasov he dejado todos mis bártulos en casa de Janos, a excepción de la documentación que me queda, el dinero y la cámara de fotos. Uno ya no sabe de quién fiarse en este país.

En el centro de la Piata Sfatului (Plaza del Consejo) se levanta dominante la Casa Sfatului. A principios del sigle XV acogió el gremio de curtidores y posteriormente el consejo de los cien ediles, de donde ha derivado su actual nombre.

Piata Sfatulio de Brasov
Recorro pues, en la mañana luminosa, la gran plaza que es el centro de la parte antigua de Brasov, dirección a la Catedral ortodoxa, a la que accedo a través de un estrecho pasillo que me conduce a un patio interior, donde se haya la verdadera iglesia. Una joven rumana enciende una vela en recuerdo de sus seres queridos me imagino. He intentado indagar el significado de las velas pero, hasta el momento, nadie me lo ha conseguido explicar. Al acceder al interior he quedado fascinado. Ha sido la primera vez que veía una iglesia ortodoxa y, como toda cajita de joyas que se precie, su interior, completamente cubierto con coloridos frescos tan característicos de este tipo iglesias, ha resultado ser una gran obra de arte para mis dilatadas pupilas, obligándome a retroceder en el tiempo e imaginarme a aquellos esforzados y mañosos artistas trabajar sus bóvedas.

Piata Sfatului de Brasov
Acceso a la catedral ortodoxa de Brasov
Velas en la catedral ortodoxa
Interior de la catedral ortodoxa
Con razón consideran los rumanos a Brasov una de las ciudades más bonitas del país. Su recogido casco urbano alberga numerosas edificaciones de tiempos bélicos pasados, edificios de estilos góticos, barrocos y renacentistas, y la mayor iglesia de toda Rumanía: la Biserica Neagra (Iglesia Negra), que debe su nombre al color que adquirió tras un incendio sufrido en 1689 pero que tras una reciente restauración ha perdido casi por completo. La visita supone un coste de 2 leis, así que tras pagar mi tributo accedo a ver sus entrañas, que me decepcionan bastante y donde lo más llamativo para el turista, y cito textual lo que dice mi guía, "es una valiosa colección de alfombras turcas que los comerciantes locales donaron durante los siglos XVII y XVIII gracias al lucrativo comercio que mantenían con los países asiáticos". Para mi en cambio, ha resultado más interesante ver las marcas de proyectiles que hay en su lado izquierdo, las cuales perforaron la puerta y alcanzaron varias de las columnas durante la revolución de diciembre de 1989. Eso si que resulta interesante.

Dentro de la iglesia está prohibido fotografiar. No entiendo esa extraña manía que existe en algunas zonas de no permitir fotografiar dentro de las iglesias. Alguno me dirá que se dañan los frescos, incluso los materiales con los que fué construida, pero entiendo que mientras no se use el flash no hay perjuicio alguno. Ni corto ni perezoso, intento sacar una foto. El resultado os lo podeis imaginar: de patitas en la calle. No me he perdido gran cosa por lo menos.

Strada Mureselinor en Brasov
Prosigo mi andadura en dirección a Strada Dupa Ziduri, una angosta calle peatonal que discurre paralela a la antigua muralla que servía de protección a la ciudad vieja por su parte Sur frente a un hipotético ataque turco. Me voy fijando en la numerosa suciedad que transporta un pequeño riachuelo que circula junto a ella mientras atravieso varios de los conocidos monumentos históricos de la antigua defensa de Brasov: Bastionul Graft (Bastión Graft), Turnur Alba (Torre Blanca) y Turnur Neagru (Torre Negra).

Bastión Graft
Torre Negra de Brasov
La Poarta Ecaterinei (Puerta de Santa Catalina) es la única entrada a la ciudad vieja que se ha conservado hasta nuestros días. Construida en un brillante estilo renacentista, en el centro muestra orgullosa el escudo de la ciudad y está rematada con cuatro torretas. Ojeo la guía y dice que "simbolizan el ius gladii, poder sobre la vida y la muerte de sus súbditos". Su traducción viene a significar "el poder de la espada" y es una antigua ley que ya se aplicaba en tiempos romanos y que se fundamentaba en el poder de ciertos magistrados para imponer condenas capitales y corporales dentro del ejercicio de su jurisdicción criminal.

El imperio es simple o mixto.
El imperio simple es tener "el poder de la espada"
para castigar a los maleantes,
lo cual se denomina también "potestad".
Ulpiano, 2 de off. quaest. D. 2.1.3.


Puerta de Santa Catalina
He tenido que salir del casco antiguo de la ciudad para ver, sin embargo y en mi humilde opinión, uno de los edificios más bonitos de la ciudad: St Nicolae din Scheii (Catedral de San Nicolás). Con una mezcla de estilos, gótico, renacentista y barroco, se trata de la primera catedral Ortodoxa de Transilvania, construida por encargo del príncipe de Valaquia Neagoe Basarab en el siglo XVI en sustitución de otra de madera de 1392, y ampliamente reformada posteriormente. La vista desde la entrada de la Piata Unirii con sus torres elevándose hacia el cielo como queriendo alcanzar la mano de un Diós todopoderoso es una de las estampas más fotografiadas por cuantos turistas se acercan a visitarla. Cuando la he visto me ha venido en mente el famoso logotipo del castillo de Disney, inspirado en el bellísimo castillo alemán Neuschwanstein, situado en la Baviera. Todo el suelo interior está cubierto de hermosas alfombras y por momentos me ha dado la sensación de que caminaba por el salón de casa de mi abuela. Como ya me ha ocurrido anteriormente, aquí también está prohibido el uso de cámaras. He conseguido sacar una desde la puerta principal de acceso aunque rápidamente se me ha acercado una señora ha llamarme la atención por semejante acto vandálico. Perdóneme Señor por no cumplir con su mandamiento.

Justo en frente y dentro del recinto que que la rodea se encuentra un pequeño cementerio ortodoxo donde un joven rumano estaba preparando el terreno para lo que parecía ser una próxima inhumación. Su entrada está adornada con bonitos y coloridos frescos donde se pueden ver representados los rostros de los apóstoles y la imagen de Jesús sujetada por dos ángeles. Otro día os contaré la aventura con un jovenzuelo rumano ortodoxo que tuve en Sibiu. Pero para eso aún faltan varios días por transcurrir.

Catedral de San Nicolás
Interior de la Catedral de San Nicolás
Cementerio de la Catedral de San Nicolás
He proseguido realizando un recorrido circular, visitando el Bastionul Thesatorilor (Bastión de los tejedores) y una de las más famosas calles de la localidad: la Strada Sforii (Calle de la cuerda). Es tan angosta que uno puede tocar con las manos ambos lados al mismo tiempo.

Bastión de los tejedores
Yo en Strada Sforii
Strada Sforii (Calle de la cuerda)
Hay un proverbio chino que dice "grande es la montaña, pequeño es el mundo", que viene a significar lo mismo que nuestro popular refrán "el mundo es un pañuelo". Desconozco si existirá algún otro similar en Rumania pero desde luego es igualmente aplicable. Y es que, ya de regreso a la casa de Janos, me he reencontrado con el danés que me sacó la foto en un restaurante de Bucarest días atrás. He hablado con ellos un rato y prosegido con mi andadura.

Ante la ausencia de Janos, he tenido que lidiar con su cansina madre mientras me preparaba unos exquisitos macarrones sobre el fuego de una bombona de gas que, con sólo ver el estado de la instalación, me hacía pensar que en cualquier momento eso podía estallar y aparecer en las crónicas de sucesos. La pobre mujer no entiende ni una sóla palabra en otro idioma que no sea rumano así que por mucho que intentaba hablarme no ha habido manera. Lo único que he sacado en claro de semejante situación es que me ofrecía azucar para hecharle a los macarrones (¿?) y que le huele el aliento a dragón, así que he recordado el grasiento cepillo de dientes que he visto esta mañana en el baño. Supongo que sería suyo.

El verano rumano es caluroso como el español y son comunes los días que se sobrepasan los treinta grados centígrados, alcanzándose en ocasiones valores superiores. El día de hoy no ha sido para menos y el sol ha brillado preciso y fuerte haciendo subir el mercurio a la par que bajaba la humedad. He optado por hacer caso a las recomendaciones que me dió Janos el día anterior y he subido a lo alto del Monte Tampa, sólo que en vez de coger el teleférico como me dijo él, he optado por ascender los escasos doscientos cincuenta metros de desnivel por un sendero zigzagueante que atraviesa un frondoso bosque antes de alcanzar las enormes letras con el nombre de Brasov que coronan la colina. Aquí arriba hay un mirador donde los turistas se retratan por turnos y un restaurante coronado por una gran bandera rumana visible desde toda la localidad de Brasov.

Sendero de subida al Monte Tampa
Subida al monte Tampa
La última visita del día haciendo caso de las recomendaciones de Janos ha sido a Poiana Brasov, un pequeño poblado a 13 kms en dirección sur de Brasov que surgió a finales del siglo XX en una bellísima zona de pastos cuando comenzaron a explotarse las posibilidades de su estación invernal. El sitio cuenta con unos fantásticos hoteles, restaurantes y apartamentos, además de numerosas actividades para realizar tanto en invierno como en verano. El autobus que me traslada hasta allí cuesta 3 leis (0,71 €). Paseo un rato por la zona y me siento como si de repente me hubiera teletransportado a otro país, viendo la hermosa arquitectura de sus edificios y los flamantes coches de la adinerada gente que la visita. Pero el sol está poniéndose y quiero regresar a Brasov para poder ver el atardecer desde lo alto de la Torre Blanca, desde donde uno puede contemplar toda la ciudad junto al Monte Tampa de fondo, así que rápidamente cojo el autobús de vuelta y me dirijo a mi destino.

Hotel en Poiana Brasov
Chalets en Poiana Brasov
Hotel en Poiana Brasov
No existe mejor receta para reencontrarse con la paz y la armonía del espíritu, que sentir una aterciopelada brisa rozándote el rostro mientras uno observa, desde las escaleras de acceso a la Torre Blanca, caer la noche sobre sobre la ciudad Brasov y al Monte Tampa y su infinito bosque como telón de fondo. Su bosque eterno, guarida perfecta del oso que habita sus faldas. Y es que los bosques rumanos resultan mágicos, misteriosos, donde la acción del hombre parece no haber dejado huella alguna, bosques casi virgenes al fin y al cabo. Cojo aire, respiro profundo y me dejo llevar por una intensa sensación de tranquilidad.

Simpleza y pureza.
Al atardecer.
Sencillez y ternura.
Al atardecer.
Con una pizca de sol.
Al atardecer.
Voz en off. Lucrezia Lesvezac

Atardecer en Brasov
La noche cae sobre Brasov
Son las once de la noche cuando regreso a casa de Janos y su madre. Ambos estaban dormidos con lo que los despierto al entrar yo. "I´m sorry" le digo a Janos, queriéndome excusar por la hora. Me preparo algo y me acuesto. Mañana me despediré de ellos.

En la habitación de Brasov